🔊📖🐔 EL CANTO DEL GALLO
🗓️ Jueves, 23/4/2026
Serie: LA FE QUE DEJA MARCAS 👣
EP#2 ANA
Hola, buenos días, ¿cómo te va? Seguimos con esta serie que estamos estudiando acerca de la fe de aquellos que dejaron una marca en la historia, hombres y mujeres de Dios que nos dan grandes ejemplos en cuanto a su vida. Y hoy tenemos un pasaje allí en Primera de Samuel, capítulo 1, de una historia hermosa de Ana.
Ana era una mujer tremenda que vivió una vida bastante difícil en su momento. Dice la Escritura que esta mujer era esposa de Elcana y que ella subía cada año a la casa de Jehová, y era irritada por la otra mujer, Penina, porque Dios no le había dado hijos. Dice que cuando subía cada año a la casa de Jehová, versículo 7, la irritaba esta otra mujer, por lo cual Ana lloraba y no comía. Y Elcana, su marido, le dijo: “Ana, ¿por qué lloras? ¿Por qué no comes? ¿Y por qué está afligido tu corazón?”
Es tremendo pensar en esto, porque muchas veces también nosotros nos encontramos con una carga emocional tremenda. Tal vez en nuestro corazón estamos sufriendo y estamos pasando por momentos muy difíciles en la vida, que lo que hace es que eso se manifieste a través del llanto. El llanto no es más que una reacción fisiológica que tenemos, donde expresamos aquello que profundamente sentimos en el corazón. A veces es tristeza, a veces es alegría, pero siempre está en ese corazón cargado que trata de expresarlo hacia afuera.
Y así estaba Ana. Ana tenía un dolor tremendo en su corazón porque no tenía hijos, porque la otra mujer la irritaba constantemente y realmente estaba desesperada. Pero esta mujer, dice la Palabra de Dios, vino al templo y vino a hacer algo maravilloso. ¿Sabes qué? Vino a orar. Dice el versículo 10: “Ella, con amargura de alma, oró a Jehová y lloró abundantemente.”
No está mal llorar. No está mal expresar lo que hay en el corazón. Pero lo que esta mujer hizo fue derramar sus lágrimas delante del altar. Hizo todas las cosas delante de Dios. Clamó a Dios porque esa carga que ella tenía en su corazón dijo: “Yo no la puedo llevar, la tengo que poner en las manos de Dios.” Dice el verso 11: “E hizo voto diciendo: Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar la aflicción de tu sierva y te acordares de mí y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida y no pasará navaja sobre su cabeza.”
Es tremendo porque ella no solamente oró a Dios, no solamente clamó a Dios, sino que fue específica en su oración. Dijo: “Señor, yo te pido esto, pero también me comprometo a esto.” Dice el versículo 13 que Ana hablaba en su corazón, solamente se movían sus labios. El versículo 15 dice: “Ana respondió diciendo: No, señor mío, yo soy una mujer atribulada de espíritu. No he bebido vino ni sidra, sino que he derramado mi alma delante de Jehová.”
Es tremendo. Esta mujer en medio del dolor, en medio de la aflicción, en medio de esa situación desesperante, lo primero que hizo fue ir al templo de Jehová a clamar y a llorar delante de Dios, a orar delante de Dios y derramó su corazón delante de Dios. Esto me encanta. Es como cuando tenemos un vaso de agua y lo volcamos y derramamos todo lo que hay en ese vaso en el suelo. Así es. Ana dice: “Todo lo que hay en mi corazón lo puse delante de Jehová. He derramado mi corazón delante de Jehová.”
Qué tremendo, hermano, que nosotros también aprendamos de esta mujer lo que es la oración, lo que es derramar nuestra alma delante de Jehová. Es poner todo a los pies de Jesucristo, sabiendo y creyendo que Él conoce y Él puede hacer grandes cosas en nuestra vida, que Él en su gracia y en su misericordia puede cambiar todo en nosotros.
Dice que Dios no le había permitido tener hijos, pero por medio de esta oración, de este clamor, de este llanto, de esta devoción a Dios, dice que Dios le dio un hijo. Y dice la Palabra de Dios que ella se fue en paz. Ella se fue en paz y ya no tuvo más esa carga en su corazón porque había derramado todas las cosas delante de Dios.
Un gran ejemplo para nosotros. Una mujer que dejó una huella tremenda acerca de la oración y nos enseña a nosotros también a no vivir esclavizados ni presos de ese dolor en nuestro corazón, sino que realmente lo pongamos en Dios, en sus manos, entendiendo que Él tiene el poder para cambiar todas las cosas en nuestra vida.
Ojalá podamos tomar este ejemplo también en nuestra vida y esta huella que nos queda de esta mujer, Ana, también sea parte de nuestra historia. Que nosotros también podamos abrazar esto y decir: “Señor, esta carga que tengo en mi corazón, que es tan grande, que es tan difícil de llevarla, la pongo delante de ti.” Y orar y llorar y decirle al Señor: “Está todo en tus manos.”
Que Dios te bendiga grandemente.
🖋️ Miguel Cabrera